Un grupo de mujeres marroquíes celebra la cualificación de Marruecos para el mundial de Qatar en 2022.
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Más de un millón de marroquíes viven en España, como estas mujeres que celebraban el pase de la selección de Marruecos al mundial de Qatar de 2022 en las calles de El Vendrell, en Cataluña.

El estrecho de Gibraltar, que separa Europa de África, es un cruce vital para la migración. Solo 14 kilómetros separan dos mundos: en el sur de España, desde las playas de Algeciras se puede observar el impresionante Jebel Musa, que indica la costa marroquí. Este punto, conocido por los antiguos griegos como las Columnas de Hércules, representa no solo un límite geográfico, sino también una de las fronteras más desiguales del mundo.

Hoy en día, más de un millón de marroquíes han cruzado este estrecho, convirtiéndose en la nacionalidad inmigrante más significativa en España y aportando fuerza laboral en diversas áreas. España ha mutado en tres décadas de ser un país de emigrantes a ser un destino significativo de flujos migratorios internacionales. La diversidad cultural está en aumento y representa tanto oportunidades como desafíos.

La economía española ha demostrado un crecimiento notable, con un Producto Interior Bruto (PIB) que genera envidia entre sus vecinos europeos. Debido a esta situación, una de cada cinco personas en España ha nacido fuera del país, con casi 9,5 millones de residentes nacidos en el extranjero. Si se observa por nacionalidad, los marroquíes, con 1.092.892 individuos, son el grupo más numeroso, superando incluso a los rumanos que históricamente lideraron las listas de inmigración.

Los marroquíes están presentes principalmente en la agricultura, la construcción y la hostelería. Algunos han estado en el país durante décadas, mientras que otros han llegado más recientemente. La segunda generación de inmigrantes ahora afronta la dualidad de crecer entre dos culturas, convirtiéndose en el blanco de discursos xenófobos promovidos por grupos de ultraderecha que relacionan inmigración con delincuencia, aunque los datos no respalden estas afirmaciones.

Los recientes sucesos en Torre Pacheco, donde grupos de ultraderecha organizaron «cacerías» de migrantes, han hecho sonar las alarmas en la comunidad marroquí en España. A junio de 2025, había 363.337 marroquíes cotizando en la Seguridad Social. Esta cifra es significativa, pues el porcentaje de extranjeros que cotizan ya constituye el 14,1% del total. Sin embargo, la pregunta persiste: ¿Por qué, si casi la mitad de los inmigrantes en España son latinoamericanos, estos no aparecen en las estadísticas de manera similar a los marroquíes?

Mucho de esto puede explicarse por el sistema de naturalización español, que ofrece ventajas a los inmigrantes latinoamericanos, facilitando su proceso de obtención de nacionalidad. Mientras tanto, los marroquíes deben esperar diez años de residencia legal antes de comenzar su proceso de naturalización, lo que puede condicionar su afiliación a la Seguridad Social.

Picos de Inmigración

A lo largo de su historia, España ha experimentado varios picos migratorios. El primero ocurrió en la década de 1990 y se extendió hasta 2008, impulsado por una burbuja inmobiliaria que atrajo a millones de inmigrantes. Desde la pandemia, los flujos han vuelto a incrementarse, con más de dos millones de inmigrantes llegando en sólo tres años.

La mayoría de estos migrantes llegan a España buscando oportunidades laborales. Del total de 5,2 millones de personas que se integraron al mercado laboral entre 2002 y 2024, un 75% poseían nacionalidad extranjera o dual. Los marroquíes buscan principalmente trabajos en la agricultura y la construcción, siendo estos sectores los que más les reciben.

A pesar de su contribución al mercado laboral, los marroquíes enfrentan barreras significativas. El llamado «techo de cristal» les impide acceder a posiciones de liderazgo y desarrollo personal. Este fenómeno no solo afecta a la comunidad marroquí, sino que se observa en diversas minorías étnicas.

Un pacto desigual

La percepción en la sociedad española hacia los inmigrantes, en particular hacia los marroquíes, ha creado las condiciones para un «trato» desigual: los inmigrantes son valorados únicamente por su capacidad para completar los trabajos que los españoles no desean hacer. A pesar de que esta dinámica exista en otras sociedades, en España se ha perpetuado una estructura de oportunidades que marginaliza a los inmigrantes.

Las relaciones entre España y Marruecos son intrincadas, marcadas por una historia conjunta que abarca desde las invasiones medievales hasta el periodo colonial. La inmigración irregular y las tensiones políticas, junto con ciertos episodios como el conflicto en el Sáhara Occidental, continúan afectando la percepción mutua entre ambas naciones.

Los marroquíes, a menudo, se convierten en el «chivo expiatorio» de la sociedad española. Un estudio reciente revela que sus esfuerzos por alquilar viviendas son sistemáticamente frustrados en comparación con los solicitantes españoles. Esta inequidad refuerza la segregación social y la discriminación.

La realidad de los jóvenes marroquíes en España

Los jóvenes marroquíes nacidos en España enfrentan un reto complejo. A pesar de contar con posibilidades mejoradas, muchos luchan contra la discriminación. Se enfrentan a un entorno donde, a menudo, no encuentran referentes en posiciones de liderazgo político o mediático. Esta falta de representación es palpable en su vida diaria.

El futbolista Lamine Yamal, por ejemplo, se presenta como uno de los escasos referentes de éxito para la juventud marroquí en España. Sin embargo, este caso resalta la doble moral presente en la sociedad: cuando triunfa, es considerado español; cuando falla, se le asocia con su identidad marroquí.

La primera generación de marroquíes en España enfrenta desafíos diarios, desde la barrera del idioma hasta establecerse en un nuevo entorno. Los hijos de estos inmigrantes, aunque cuentan con el beneficio de haber sido criados en un contexto diferente, a menudo tropiezan con las mismas dificultades de aceptación y oportunidades.

Desafíos como este sólo aumentan la tensión social, dejando la pregunta abierta sobre cómo se desarrollarán las próximas generaciones en un país que lucha con sus propias complejidades identitarias y sociales.

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