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«Con el tren de alta velocidad me cambió la vida porque podía ir a trabajar a Madrid y volver a Sevilla el mismo día», recuerda Isaac Timón, habitual usuario en los primeros años de funcionamiento de un servicio que revolucionó la manera de viajar en España.
La línea Madrid-Sevilla, inaugurada en 1992, fue la primera de la red AVE (Alta Velocidad Española), que no ha dejado de crecer hasta convertir al país europeo en uno de los líderes mundiales en esta forma de transporte ferroviario.
Con casi 4.000 kilómetros de vías en operación, España cuenta con la red de ferrocarril de alta velocidad más extensa de Europa y la segunda del mundo, solo por detrás de China, un país siete veces más grande.
Además, España tiene el mayor ratio de kilómetros por habitante del mundo, superando con creces a países pioneros en el desarrollo de este medio de transporte y con mayor renta per cápita, como Francia o Alemania.
La imagen de estos trenes ultramodernos y sus estilizadas locomotoras surcando la Península Ibérica a velocidades que alcanzan los 300 kilómetros por hora ya es parte del paisaje, y el AVE, como se le conoce popularmente, se ha convertido no solo en una de las formas preferidas de viajar, sino también en una seña de identidad del país.
El presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, lo ha elogiado como una apuesta por «la movilidad sostenible» y una contribución a «la transición ecológica desde la innovación tecnológica», reafirmando la línea mantenida en el pasado por gobiernos de diferentes signos.
No obstante, algunos expertos han cuestionado la alta velocidad española, señalando que sus elevados costes no se compensan con el beneficio social obtenido y que se ha desarrollado a costa de otros servicios de transporte más económicos y de mayor impacto para la población, como el tren convencional de media distancia o el de cercanías.
¿Por qué España apostó tan decididamente por el tren de alta velocidad? ¿Qué resultados ha obtenido?

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Cómo se ha extendido el tren de alta velocidad
España vivió en las décadas de 1980 y 1990 una época de expansión de su economía y de modernización de sus infraestructuras facilitada por la llegada de los Fondos de Cohesión europeos tras el ingreso del país en la entonces Comunidad Económica Europea.
En ese contexto, en 1992 entró en servicio la primera línea de AVE, que conectó Madrid y Sevilla coincidiendo con la Exposición Universal que ese año se celebró en la capital de Andalucía.
El nuevo tren sirvió para corregir el atraso en las conexiones con esa región sureña y, unido a la organización en el país de grandes eventos internacionales, como la citada Expo de Sevilla o los Juegos Olímpicos de Barcelona, ayudó a difundir dentro y fuera de sus fronteras la imagen de una España moderna y abierta al mundo.
Isaac Timón cuenta que «el servicio era excelente, siempre puntual, y con un buen restaurante a bordo».
Sevillano de nacimiento, Timón vio cómo el nuevo tren cambió la cara de su ciudad: «Sevilla se modernizó y muchas empresas se instalaron aquí», recuerda.
A partir de los años 2000, la red creció, impulsada por la bonanza económica y por gobiernos decididos a invertir en ella.
«El AVE era el símbolo de un país que vivía a pecho descubierto su crecimiento económico y quería presumir de tener la mayor red de alta velocidad del mundo», le dijo a BBC Mundo Daniel Albalate, director del Observatorio de Análisis y Evaluación de Políticas Públicas de la Universidad de Barcelona.
En cualquier caso, Albalate señala que «todos los estudios arrojan que la inversión realizada no se recuperará nunca».
<img alt="Un policía español, junto a un tren de la primera línea de alta velocidad (Madrid-Sevilla), inaugurada en 1992." height="683" loading="lazy" sizes="(min-width: 1008px) 760px,
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